Obispo de Palm Beach
Mensaje Del Obispo de Palm Beach
RESURRECCIÓN EN MEDIO DE UN MUNDO DE VIOLENCIA: UN LLAMADO DE PASCUA A LA ESPERANZA Y LA PAZ
Mientras la Iglesia proclama con alegría la victoria de la Pascua — Cristo resucitado de entre los muertos, venciendo la muerte con su propia muerte — el mundo que nos rodea cuenta una historia mucho más inquietante. Vivimos en un tiempo marcado no solo por la recuperación de la pandemia global de COVID-19, sino también por la persistencia — y, de hecho, la intensificación — de otra crisis: una pandemia de violencia que continúa hiriendo a la familia humana.
Desde los campos de batalla de Ucrania y la devastación de Gaza, hasta las crecientes tensiones que involucran a Irán, las imágenes que llegan a nuestros hogares están a menudo llenas de sufrimiento, desplazamiento y miedo. Sin embargo, más allá de lo que se ve en las noticias nocturnas, se desarrolla una realidad más profunda y extendida. Hoy, más de 110 millones de personas en todo el mundo están desplazadas por la fuerza, una cifra sin precedentes en la historia de la humanidad. Poblaciones enteras viven privadas de estabilidad, de una alimentación adecuada e incluso del sentido más básico de seguridad.
En Sudán, el conflicto ha empujado a millones hacia la hambruna. En Siria, más de una década de guerra ha dejado a las familias dispersas por continentes, con millones de desplazados y un sinnúmero de vidas irreparablemente destrozadas. En Myanmar, la violencia y la inestabilidad continúan desplazando a comunidades enteras. En regiones como la República Democrática del Congo, Sudán del Sur y partes del Medio Oriente, la violencia se ha convertido en una experiencia cotidiana más que en una excepción.
Particularmente dolorosa es la situación en Nigeria, donde numerosas comunidades cristianas han sufrido ataques repetidos, secuestros y asesinatos. Iglesias han sido blanco de violencia, familias han sido desarraigadas y aldeas enteras han quedado sumidas en el luto. El sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas en la fe allí es un recordatorio contundente de que la persecución religiosa sigue siendo una realidad trágica y vigente en el mundo de hoy.
Más cerca de nosotros, las señales de esta crisis no son menos alarmantes. En los Estados Unidos, decenas de miles de vidas se pierden cada año a causa de homicidios y suicidios, lo que refleja un profundo sufrimiento interior que a menudo pasa desapercibido.
En América Latina y el Caribe — regiones durante mucho tiempo descritas como tierras de esperanza — la violencia continúa dejando heridas profundas y dolorosas. En Haití, barrios enteros han caído bajo el control de bandas armadas, sembrando el terror entre la población, desplazando a las familias y paralizando la vida cotidiana. En Nicaragua y Cuba, la represión continua de las libertades fundamentales, el silenciamiento de voces y la erosión de la dignidad humana constituyen una forma de violencia más oculta, pero igualmente grave — una que sofoca la esperanza y socava los fundamentos mismos de la sociedad.
Ante tales realidades, es tentador cansarse, incluso desanimarse. Sin embargo, la Pascua no nos permite rendirnos a la desesperación. La Resurrección de Jesucristo está en el corazón mismo de nuestra fe como la respuesta definitiva de Dios a la oscuridad del pecado y la violencia. Aquel que fue injustamente condenado, torturado y crucificado vuelve, no con venganza, sino con misericordia. Sus primeras palabras a sus discípulos no son de reproche, sino de paz: «La paz esté con ustedes» (Lc 24,36).
Esta paz no es simplemente un saludo — es una misión.
El Papa León XIV ha recordado a la Iglesia y al mundo que la Resurrección no es solo el triunfo de Cristo sobre el sepulcro, sino también el comienzo de una nueva forma de vivir en la que la violencia no tiene absolutamente ningún lugar. Asimismo, ha exhortado a la comunidad internacional a no acostumbrarse al sufrimiento de los pueblos, ni a aceptar la violencia como inevitable, sino a responder con un renovado compromiso con la justicia, la dignidad y la paz.
Estas palabras tienen un peso particular para nosotros como cristianos que vivimos en un mundo donde la violencia puede normalizarse con tanta facilidad. El Evangelio nos desafía a algo mayor: a convertirnos en instrumentos de la misma paz que Cristo proclama. El Papa ha enseñado incluso con claridad que Dios rechaza las llamadas oraciones de aquellos hacen la guerra contra los demás: Jesús, Rey de la paz. Un Dios que rechaza la guerra, al que nadie puede utilizar para justificar el enfrentamiento, que no escucha la oración de quienes hacen la guerra y la rechaza diciendo: «Por más que multipliquen las plegarias, yo no escucho: ¡las manos de ustedes están llenas de sangre!» (Is 1,15).
Nuestra fe en el Señor Resucitado nos llama a ser constructores de la paz. Esto comienza de manera sencilla pero profunda — en nuestras familias, en nuestras parroquias, en nuestras comunidades. Significa elegir el perdón en lugar del resentimiento, el diálogo en lugar de la división y la compasión en lugar de la indiferencia. Significa reconocer, incluso en las circunstancias más difíciles, la dignidad de toda persona humana como hijos de Dios.
La Pascua nos recuerda que ninguna oscuridad es absoluta. Ningún sufrimiento está más allá de la redención. Ninguna situación —personal o global— queda fuera del poder transformador de Dios. Porque la Resurrección no es solo un acontecimiento del pasado; es una realidad viva. Es la certeza tranquila pero inquebrantable de que el amor es más fuerte que el odio, que la vida es más fuerte que la muerte, y que la paz, aunque frágil, siempre es posible. En esta temporada de Pascua, permitamos que Cristo Resucitado renueve nuestros corazones y fortalezca nuestro compromiso de ser testigos de Su paz. Y que esa paz, que el mundo no puede dar, comience en nosotros y se irradie hacia afuera — alcanzando un mundo que anhela, a menudo sin saberlo, la sanación que solo Cristo puede traer.
Que tengan una Pascua llena de paz, y que ese don de la paz sea compartido y difundido por ustedes dondequiera que vayan. ¡Felices Pascuas!
