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Obispo de Palm Beach

Mensaje Del Obispo de Palm Beach

Bishop Barbarito

ENFRENTANDO LAS AMENAZAS DE LA PORNOGRAFÍA

Por Monseñor Manuel de Jesús Rodríguez

Hace cincuenta años, la prensa británica se burlaba de Frank Pakenham. Este miembro de la Cámara de los Lores, perteneciente al Partido Laborista y más conocido como Lord Longford, se había propuesto investigar la industria de la pornografía, recorriendo sus tiendas y clubes e incluso viajando hasta Dinamarca para conocerla de primera mano. Los periódicos lo apodaron «Lord Porn». Convertido al catolicismo e incansable defensor de los presos, Longford calificaba la pornografía como un engaño vulgar y una afrenta a la dignidad humana.

Jamás habría podido imaginar lo que estaba por venir.

En tiempos de Longford, encontrar pornografía requería cierto esfuerzo. Hoy es gratuita, anónima e ilimitada, y llega a través del mismo teléfono inteligente que un niño utiliza para hacer sus tareas escolares. Los algoritmos de las redes sociales suelen mostrar contenido explícito incluso a usuarios que nunca lo han buscado. Un estudio realizado en 2023 por Common Sense Media reveló que aproximadamente tres de cada cuatro adolescentes estadounidenses habían visto pornografía en internet, y que la edad promedio de la primera exposición era de unos 12 años, muchas veces de manera accidental.

La inteligencia artificial ha agravado aún más la situación. Las aplicaciones conocidas como «nudify» pueden eliminar digitalmente la ropa de una persona en una fotografía común en cuestión de segundos, y algunas escuelas han denunciado casos de estudiantes que crean imágenes íntimas falsas de sus compañeros. Los generadores de inteligencia artificial producen contenido sexual a petición del usuario, mientras que las autoridades han advertido sobre un marcado aumento de los casos de sextorsión dirigidos contra adolescentes, en ocasiones mediante el uso de imágenes manipuladas. En respuesta, el Congreso de Estados Unidos aprobó en 2025 la Ley Take It Down, que penaliza la publicación no consentida de imágenes íntimas, incluidas aquellas falsificaciones digitales conocidas como deepfakes, creadas mediante inteligencia artificial.

El peligro es especialmente grave para el cerebro de los jóvenes. La pornografía actúa sobre el sistema de recompensa del cerebro, liberando dopamina con cada nueva imagen o video, mientras que la oferta de contenido nunca se agota. Con el tiempo, la respuesta del cerebro puede disminuir, de modo que se necesita un consumo más frecuente o material cada vez más extremo para producir el mismo efecto. Los adolescentes son particularmente vulnerables: su sistema de recompensa madura temprano, mientras que la corteza prefrontal, encargada del juicio y el autocontrol, continúa desarrollándose hasta aproximadamente los 25 años. Un estudio publicado en 2014 en JAMA Psychiatry encontró una relación entre un mayor consumo de pornografía y una menor cantidad de materia gris en una parte de los circuitos cerebrales relacionados con la recompensa. En 2019, la Organización Mundial de la Salud reconoció el trastorno de comportamiento sexual compulsivo. Los terapeutas describen un patrón recurrente entre los

jóvenes consumidores: ansiedad, vergüenza, aislamiento, expectativas distorsionadas sobre la intimidad y dificultades para establecer relaciones auténticas.

Sin embargo, para los católicos, esta no es solamente una cuestión médica. Es también una cuestión moral, y por eso sigue siendo un asunto de extrema urgencia para nosotros.

Creemos que el cuerpo humano no es una mercancía, sino parte integral de la persona, creada por Dios y, como nos enseña san Pablo, templo del Espíritu Santo. San Juan Pablo II nos recordó que el cuerpo está llamado al amor que se entrega a sí mismo, no a ser utilizado. La pornografía hace precisamente lo contrario. Convierte el cuerpo en mercancía, explota a los hombres y mujeres que aparecen en ella y acostumbra a quienes la consumen a ver a los demás como objetos, en lugar de personas llamadas a ser amadas. El Catecismo de la Iglesia Católica enseña que la pornografía atenta gravemente contra la dignidad de todos los involucrados y exhorta a las autoridades civiles a impedir su difusión. Su efecto es una lenta corrupción moral: debilita la capacidad de amar auténticamente, hiere a los matrimonios y a las familias y, poco a poco, hace que aquello que antes se consideraba vergonzoso llegue a parecer normal.

Los gobiernos están comenzando a tomar medidas. Gran Bretaña exige ahora que los sitios web pornográficos verifiquen la edad de sus usuarios, y en 2025 la Corte Suprema de Estados Unidos respaldó una ley similar del estado de Texas. Pero las leyes, por sí solas, no serán suficientes. Los padres deben hablar con sus hijos desde temprana edad y sin temor ni vergüenza, retrasar el acceso sin restricciones a los teléfonos inteligentes y dejarles claro que siempre pueden acudir a ellos sin miedo. Las parroquias y escuelas católicas de nuestra Diócesis de Palm Beach deben ofrecer una visión verdadera y hermosa de la sexualidad humana como un don orientado al amor y a la vida. ¡Necesitamos más teología del cuerpo en todas partes! Y quienes ya luchan contra esta realidad merecen acompañamiento, no condenación, mediante la ayuda profesional y la misericordia de los sacramentos.

Longford fue ridiculizado por dar la voz de alarma cuando la amenaza se encontraba en una esquina de la calle. Hoy, esa amenaza está en los bolsillos de nuestros hijos. Como católicos, no podemos permanecer en silencio. Su campaña merece ser retomada, con mayor urgencia que nunca.

Monseñor Manuel invita a los lectores a enviar sus comentarios y reflexiones: bishopofpalmbeach@diocesepb.org.

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