Obispo de Palm Beach
Mensaje Del Obispo de Palm Beach
ES TIEMPO DE ORAR POR LA PAZ
En un momento en que la violencia vuelve a apoderarse de regiones enteras del mundo, la voz moral de la Iglesia se alza con renovada urgencia. Desde el conflicto en escalada que involucra a Irán hasta el sufrimiento prolongado en Ucrania, Gaza, Nigeria y Sudán, la humanidad se enfrenta no solo a crisis aisladas, sino a una creciente cultura de violencia que deja tras de sí comunidades devastadas, familias desplazadas y un profundo sentimiento de incertidumbre sobre el futuro.
En este momento angustiante, el Papa León XIV ha hablado con claridad y convicción. En un reciente llamado ante la intensificación del conflicto, exhortó a la comunidad internacional: «¡Cesen las hostilidades! para que se reanuden caminos de diálogo. La violencia nunca podrá llevar a la justicia, la estabilidad y la paz que los pueblos esperan». En otra intervención, advirtió que «la estabilidad y la paz no se construye con amenazas mutuas… sino solo a través de un diálogo razonable», recordando al mundo que la paz auténtica no puede imponerse por la fuerza, sino que debe construirse pacientemente mediante el encuentro y la confianza. Con una sencillez contundente, también ha invitado a todos: «oren por la paz, trabajen por la paz, menos odio».
Estas palabras no son reflexiones abstractas. Son un llamado —tanto moral como espiritual— dirigido a toda la humanidad. Porque lo que estamos presenciando hoy no se limita a tensiones geopolíticas o conflictos regionales. Refleja lo que con razón puede describirse como una “pandemia global de violencia”, una que hiere no solo los cuerpos, sino también las almas, adormece las conciencias y nos tienta a aceptar el sufrimiento como algo inevitable.
Sin embargo, la Iglesia rechaza tal resignación. Proclama, en cambio, un mensaje de esperanza, arraigado en el misterio salvífico de Jesucristo. Providencialmente, este urgente llamado a la paz coincide con la celebración del Domingo de la Divina Misericordia, que se observa en este Segundo Domingo de Pascua. En este día, el Evangelio presenta al Señor Resucitado en medio de sus discípulos, ofreciéndoles un don que sigue siendo tan necesario hoy como lo fue entonces: «La paz esté con ustedes».
Estas palabras no son simplemente un saludo; son una misión. La paz de Cristo nace de la misericordia: del perdón de los pecados, de la reconciliación con Dios y de la restauración de las relaciones humanas. Nosotros, que hemos sido redimidos por el sacrificio de Cristo en la Cruz, sabemos que la misericordia es la respuesta más profunda a las heridas del mundo. Habiendo recibido esa misericordia, estamos llamados a convertirnos en sus portadores.
La paz, entonces, no es simplemente la ausencia de conflicto. Es el fruto de la misericordia vivida y compartida. Echa raíces allí donde el perdón vence al resentimiento, donde la compasión triunfa sobre la indiferencia y donde la justicia se busca con humildad y perseverancia.
Por lo tanto, el llamamiento del Santo Padre no está dirigido únicamente a los líderes políticos o a los diplomáticos, por esenciales que pueda ser su papel. Está dirigido a cada uno de nosotros. La oración no es una respuesta pasiva a la violencia; es una participación poderosa en la obra sanadora de Dios. Orar por la paz es alinear nuestros corazones con el corazón de Cristo y abrirnos a convertirnos en instrumentos de esa paz en nuestra vida cotidiana.
Para los fieles de la Diócesis de Palm Beach, este llamado tiene una resonancia particular. Nuestras comunidades están profundamente interconectadas con el mundo entero. Muchos entre nosotros llevan en sus propias familias las heridas de naciones afectadas por la guerra y la inestabilidad. El sufrimiento de tierras lejanas no está en absoluto distante; está presente en nuestros vecindarios, en nuestras parroquias y en nuestros corazones.
A la luz de esto, el llamado a la oración se convierte también en un llamado a la solidaridad. Es una invitación a ponernos del lado de quienes sufren, a rechazar la indiferencia y a afirmar, a través de nuestra fe, que la violencia no tendrá la última palabra.
Por lo tanto, invito a todos los fieles católicos de nuestra diócesis, y a todas las personas de buena voluntad, a abrir sus corazones al llamado del Santo Padre. Oremos ferviente y perseverantemente por la paz: paz en Irán, paz en Ucrania, paz en Gaza, paz en Nigeria, paz en Sudán y paz en todos los lugares donde la dignidad humana está amenazada por la violencia.
Que nuestras parroquias se conviertan en lugares donde esta oración se sostenga y se profundice, especialmente a través de la Eucaristía, el Rosario y la adoración eucarística. Que nuestras familias se conviertan en escuelas de reconciliación, donde el perdón no solo se enseñe, sino que se viva. Y que cada uno de nosotros se esfuerce, en su propio ámbito de influencia, por ser testigo de la paz y portador de esperanza.
Asumimos esta misión no confiando en nuestras propias fuerzas, sino en el poder del Señor Resucitado. Su victoria sobre el pecado y la muerte es el fundamento de nuestra confianza. Nos asegura que, incluso ante una gran oscuridad, la luz prevalecerá.
En este Domingo de la Divina Misericordia, que podamos escuchar una vez más las palabras de Cristo: «La paz esté con ustedes», y que salgamos fortalecidos por su misericordia para llevar esa paz a un mundo que tanto la necesita.
Es tiempo de orar por la paz. Hagámoslo.
