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Mensaje Del Obispo de Palm Beach

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BULLYING: UNA AMENAZA VIOLENTA PARA NUESTROS NIÑOS Y JÓVENES

Por Monseñor Manuel de Jesús Rodríguez

Al comienzo del año escolar, me siento llamado a traer a nuestra atención la realidad del bullying, una pesadilla que afecta a todas las escuelas y programas en los que participan grupos de niños y jóvenes, incluidas las escuelas y parroquias católicas. Puesto que aquí, en la Diócesis de Palm Beach, hemos asumido un firme compromiso de garantizar la seguridad de todos los miembros de nuestra comunidad, especialmente de los más vulnerables, las siguientes reflexiones pretenden ser un llamado a la acción para animar a padres, educadores, administradores, familiares y a los propios estudiantes a permanecer atentos ante las amenazas y peligros del bullying, con el fin de erradicarlos completamente de nuestro entorno.

Las historias son desgarradoras y continúan ocurriendo. En 2022, Drayke Hardman, de 12 años, murió por suicidio después de, según se informó, haber sufrido bullying en la escuela. En mayo de 2024, otra tragedia captó la atención nacional cuando Sammy Teusch, de 10 años, de Indiana, murió por suicidio. Su familia afirmó que Sammy había sufrido bullying repetidamente en la escuela y que habían expresado en varias ocasiones su preocupación por lo que estaba ocurriendo con su hijo.

Más recientemente, en febrero de 2026, Khimberly Zavaleta Chuquipa, de 12 años, murió después de sufrir una lesión en la cabeza durante un presunto incidente de bullying en una escuela de Los Ángeles. Según las autoridades, fue golpeada con una botella metálica de agua. Posteriormente, un menor fue arrestado en relación con su muerte, mientras que la familia de Khimberly alegó que sus preocupaciones anteriores sobre el bullying no habían sido atendidas adecuadamente.

Niños diferentes, circunstancias diferentes, pero un mismo recordatorio urgente: el bullying no es simplemente una experiencia desagradable que forma parte del crecimiento. Puede causar profundas heridas físicas y emocionales en niños y adolescentes.

El bullying implica intimidación, humillación, exclusión, amenazas, agresión física u otras conductas abusivas, frecuentemente en situaciones donde existe un desequilibrio de poder. Puede incluir insultos, burlas, difusión de rumores, exclusión deliberada, golpes, acoso sexual o destrucción de propiedad.

La tecnología ha dado a este antiguo problema una dimensión nueva y particularmente peligrosa: el ciberbullying. A través de teléfonos celulares, redes sociales y otras plataformas digitales, el material humillante puede llegar a cientos o incluso miles de personas casi instantáneamente. Mensajes crueles, rumores, fotografías y videos pueden seguir a un joven hasta su propio hogar, convirtiendo lo que antes podía terminar al salir de la escuela en un hostigamiento que continúa las 24 horas del día.

Las consecuencias pueden ser graves. Los niños que sufren bullying pueden experimentar miedo, aislamiento, ansiedad, disminución del rendimiento académico, pérdida de confianza en sí mismos y depresión. Las investigaciones también han encontrado una asociación entre el bullying y un mayor riesgo de conductas suicidas, aunque el suicidio es un fenómeno complejo y nunca debe atribuirse a una sola causa.

Con frecuencia, los niños no cuentan a sus padres lo que está sucediendo. Algunos sienten vergüenza. Otros temen represalias o creen que denunciar el problema empeorará la situación. Por ello, padres y maestros deben saber reconocer posibles señales de alerta: resistencia a asistir a la escuela, lesiones inexplicables, disminución de las calificaciones, aislamiento de familiares y amigos, ansiedad o cambios significativos en el comportamiento.

Cuando un niño denuncia que está sufriendo bullying, los adultos deben escuchar y actuar.

Los padres deben asegurar al niño su apoyo incondicional, documentar lo sucedido y trabajar con las autoridades escolares para establecer un plan adecuado que garantice su seguridad. Cuando sea necesario, se debe buscar ayuda profesional. Cualquier indicio de autolesión o pensamientos suicidas requiere intervención profesional inmediata. Y cuando el bullying implique agresión física, amenazas graves, conducta sexual inapropiada u otros comportamientos potencialmente delictivos, también se debe contactar a las autoridades civiles correspondientes.

Quienes presencian situaciones de bullying también tienen una responsabilidad. Debemos enseñar a los jóvenes a nunca alentar al agresor, difundir imágenes humillantes o permanecer indiferentes ante el sufrimiento de otra persona. Deben apoyar a la víctima y buscar la ayuda de un adulto responsable.

Para nosotros, como católicos, sin embargo, la lucha contra el bullying va aún más allá.

Cada niño posee una dignidad inviolable porque toda persona humana ha sido creada a imagen y semejanza de Dios. Humillar a otra persona por diversión, popularidad o aceptación social es fundamentalmente incompatible con el Evangelio.

Jesús se identificó de manera particular con los vulnerables y rechazados: «Cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo» (Mt 25,40).

Por lo tanto, nuestras escuelas católicas, parroquias y familias deben ser lugares donde los niños sepan que son amados, protegidos y respetados. Debemos enseñar a nuestros jóvenes no solo que el bullying está mal, sino también que la indiferencia ante el sufrimiento de otra persona no es una respuesta cristiana.

No podemos eliminar todo acto de crueldad de la vida de nuestros niños. Pero podemos negarnos a normalizar la crueldad. Podemos escuchar. Podemos intervenir. Podemos educar. Podemos proteger.

Sobre todo, podemos enseñar a nuestros niños, con nuestras palabras y nuestro ejemplo, que la dignidad de otra persona nunca es algo que deba ser objeto de burla, explotación o destrucción.

Todo niño merece saber que su vida tiene un valor incalculable. Y todo niño que sufre debe saber: no estás solo.

Animo a todos a denunciar cualquier situación relacionada con el bullying ante el director y/o presidente de la escuela, así como ante el párroco o director del programa correspondiente. Además, nuestra coordinadora de asistencia a víctimas, la Sra. Anthuanette Hidalgo, está disponible para brindar apoyo adicional en el 561-775-9558 o por correo electrónico: vac@diocesepb.org.

Monseñor Manuel invita a los lectores a enviar sus comentarios y reflexiones: bishopofpalmbeach@diocesepb.org.

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